Comprender lo que votamos #28A
por: Gabriel Navarro

Los mensajes de las campañas electorales que observamos entre varios líderes políticos podrían sugerir que los ciudadanos no tienen la capacidad suficiente para adoptar y entender un programa político cuyas propuestas, en su conjunto, implican siempre aspectos complejos para lograr su ejecución y conseguir sus objetivos. Sabemos que la mayor parte de la población está expuesta habitualmente en los medios de comunicación a programas de entretenimiento en los que destacan opiniones frívolas e insustanciales, frente a debates de carácter ideológico y análisis detallados que permitan formarnos una opinión amplia para conocer en profundidad un programa político.

Esta clase de mensajes reiterados que se transmiten por los medios provoca que sea, aparentemente, más fácil juzgar al candidato que al programa de medidas de un partido político. Sin embargo, el único referente oficial y público que debemos observar y evaluar en su aplicación durante el mandato o el ejercicio de su tarea como representantes del pueblo, es el programa de cada formación política. Ello no obsta para que en los contenidos de cada programa puedan introducirse, también, propuestas que no respondan a un mínimo análisis de su posible aplicación. Pero es la única base sobre la que podremos comparar y deliberar como ciudadanos la acción futura de nuestros representantes.

Nos encontramos en un contexto mediático y consumista donde prima el culto a la belleza y al postureo o bien la ocurrencia de turno, frente a la figura del intelectual relegada a remotos escenarios elitistas, donde el artificio de las vidas de supuestos famosos se convierten en el pilar de los medios para distraer a la gente de los verdaderos problemas y preocupaciones que nos conciernen; en donde los bajos niveles de lectura y actividad cultural y alto abandono escolar son un grave síntoma del deficiente desarrollo de nuestra sociedad; y donde el pensamiento crítico se considera a menudo una herramienta del diablo, por ello no es difícil estimar cuáles sean los niveles de comprensión que pueden forjar muchos ciudadanos sobre los diversos contenidos de los programas políticos.

Charla en la Plaza de La Merced. Foto: Gabriel Navarro

Somos seres sociales y la manera principal de avance de la humanidad ha residido en las opciones de cooperación con los demás, un marco de colaboración que implica preguntar y escuchar a quienes nos rodean y, desde hace años, a quienes podemos contactar a mucha distancia con los recursos que nos ofrece Internet. Pero hoy tenemos la impresión de que no se hacen preguntas, salvo sobre leves asuntos prácticos que no puedan cuestionar nuestros modos de pensar y de vivir. Y tampoco aparece la escucha abierta y tolerante como una conducta extendida en la mayoría de la población. Hay temor a preguntar al otro pues las respuestas pueden destrozar nuestra opinión y, en gran medida, a nosotros mismos al quedar expuesto nuestro pensamiento.

Por ello, mucha gente expresa y difunde su opinión sin contrastarla con los demás, cualquier idea es válida, ya sea heredada de nuestra familia, basada en creencias o asumida simplemente por ser la del grupo al que pertenecemos, pese a que no se sustente en ninguna evidencia científica, o bien, que no supere ninguna reflexión razonada. A pesar de ello, muchos se otorgan el derecho de ser expertos en todo, buscando la adhesión inquebrantable a unas ideas más que convencer al otro con argumentos. Emerge en muchos casos lo que Isaac Asimov [i] denunciaba hace tiempo: “La falsa noción de que la democracia significa que mi ignorancia es tan buena como el conocimiento de los otros”. Y este marco de opiniones e ideas es a menudo utilizado por determinados discursos políticos profundizando en el desconocimiento que implica su defensa, reforzando la simpleza emocional de su significado en propuestas publicitarias para fomentar la conversión de las audiencias en los principios de esos líderes.

Muchos de los mensajes que se transmiten durante estas campañas persiguen consolidar el apoyo del elector ya simpatizante, más que intentar cambiar la opinión de quienes quedan más distantes. La confrontación deseable es un monólogo la mayoría de veces, a lo sumo logra movilizar a aquéllos que ideológicamente estaban cercanos, pero no suficientemente activados para votar a un partido.

Para que un comportamiento se produzca, el psicólogo e investigador de la Universidad de Stanford B.J. Fogg [ii], defiende que han de converger la motivación, la habilidad para hacerlo y un desencadenante. Entre los motivadores que menciona destacaríamos la anticipación, en la medida que nos influye la esperanza o el miedo a los efectos o consecuencias de nuestra conducta, y la pertenencia, en tanto que el grado de aceptación o rechazo de nuestra acción pueden influir seriamente en lo que hagamos. Este modelo podemos relacionarlo con la evidencia de que nuestro cerebro recuerda lo que le ha emocionado [iii], y la mayor parte de los mensajes electorales van en la línea de emocionar, más que de posibilitar la reflexión sobre sus propuestas. Pero también cuestiona la creencia en la supuesta libertad de acción de todas las personas ante la evidente desigualdad de condiciones sociales.

El famoso historiador Noah Harari [iv] ya nos avisaba de que el libre albedrío no es una realidad científica, es un mito que el liberalismo heredó de la teología y deberíamos, pues, desarrollar un nuevo proyecto político común más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas de nuestro siglo. Todos somos libres de pensar lo que queramos y con el menor coste, claro está, pero la conducta de comprender no es gratis, exige esfuerzo de atención y de entendimiento y, principalmente, requiere dialogar y debatir con los demás que piensan igual o distinto a nosotros. Sin esta necesaria comprensión nos jugamos nuestro futuro como sociedad, y caemos en lo que declaraba Saramago: hoy día «se debate de todo, pero nadie se atreve a debatir sobre la democracia».

(NOTA: Artículo publicado en el diario La Opinión de Murcia, el 27 de abril de 2019.)

REFERENCIAS:

[i] Williams, Ray (2014): Anti-Intellectualism and the «Dumbing Down» of America. Psychology Today. Jul 07, 2014.

[ii] Fogg, B. J. (2009): A Behavior Model for Persuasive Design.
Persuasive’09, April 26-29, Claremont, California, USA. www.BehaviorModel.org

[iii] Bueno, David (2019): “El cerebro recuerda lo que le ha emocionado”. EDUCACIÓN 3.0 – 25/02/2019. www.educaciontrespuntocero.com/entrevistas/david-bueno-cerebro/99980.html

[iv] Noah Harari, Yuval (2019): Los cerebros ‘hackeadosʼ votan. EL PAÍS. elpais.com/internacional/2019/01/04/actualidad/1546602935_606381.html

 

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