Las músicas de juventud de nuestras nubes interiores
por: Gabriel Navarro

Abordar una novela en la que te encuentras atravesando por procesos históricos que uno mismo ha vivido intensamente puede suponer un reto notable de cara a realizar su presentación pública y/o entre amigos/as desde un enfoque objetivo, pues, más allá de que cuando leemos cualquier narración podamos disfrutar en mayor o menor medida de la identificación que proyectamos en sus protagonistas, los acontecimientos y las actitudes psicológicas de sus actores adoptan un papel más penetrante al reconocernos en las épocas vitales por las que transcurren.

Esto me ha sucedido al leer la novela «La Velocidad de las Nubes» (Entrelíneas Editores, 2018. Novela finalista del III Certamen Literario «Mujer al Viento» de Torrejón de Ardoz) de la escritora y amiga Ana Fructuoso, quien hoy nos invita a dialogar sobre su libro (*). Todos sabemos que nadie es totalmente objetivo al enfrentarse a una obra, sea cual sea su carácter. Pero, sinceramente, yo me siento muy cómplice de esta historia, aún siendo consciente de que la protagonista es una mujer y ello podría, en principio, marcar cierta distancia particular. Ana Fructuoso nos expone en esta su primera novela una serie de personajes masculinos y femeninos secundarios que bordean y moldean la evolución como persona de Matilde, la protagonista, y de entre los masculinos les reconozco que no me siento extraño de muchas de sus posiciones y comportamientos en los escenarios de cada momento por los que atraviesan, todo lo contrario. No obstante, el personaje masculino principal, un Ernesto dotado de especiales atributos y bondades, me parece algo distante de los personajes que conocíamos por aquél entonces. Supongo, paralelamente, que la mayoría de mujeres que la lean, sobre todo quienes vivieron su juventud en el periodo de la transición política española, se podrán sentir identificadas con varias de las reacciones, conductas y sentimientos que vitalmente conforman el desarrollo de su personalidad, así como en sus dudas, sus acercamientos, sus huidas y sus esperanzas que quedan sutilmente esbozadas al final.

Portada_La Velocidad de las nubes


Pero, además, les confieso que algunas de las alternativas elegidas por la protagonista bien podrían haber sido elegidas por mí mismo en aquéllos periodos durante la transición política, un periodo de seguridad y compromiso en la necesaria lucha por las libertades sociales e individuales y, a su vez, de incertidumbre en el marco de las relaciones humanas, de pareja o familiares. Entre las cuestiones que me sugiere y que se desliza en lo que rememora esta novela plantearía la siguiente: ¿Cómo nos marcó la Transición Política de España en nuestra juventud?

Matilde empieza desde niña a configurar su propio sentido del hogar y de su apoyo familiar frente al mundo exterior y sus ansias de vivir bajo un punto de vista que ella misma nos confiesa -ya en su edad más madura-, en lo que supone la esencia de su concepción de la vida: un espíritu agitado e inexorable, en parte infantil, que no cesa de manifestar «esa incertidumbre de insatisfacción» (**). A pesar de que desde niña le decían que aprendiese a «controlar esos arrebatos que no conducen a nada», esa misma alma de niña inquieta por aprender y leer, y por superarse ante los demás, sabía que encontraría su lugar en el mundo en tanto alguien le mostrase su amor. Y sustentaba sus estados de ánimo y emociones en la música. Una música que tuvimos la oportunidad de conocer y disfrutar en una época en la que oscilábamos entre las hermosas letras de los/las cantautores/as y las melodías y nuevos ritmos de los grupos de pop y rock de los años 70 y 80 que iluminaban un nuevo horizonte cultural en nuestro país.

Entre las etapas que va sorteando la protagonista, emerge la ruptura y el distanciamiento, de forma casi natural y sin obstáculos insalvables, de los obsoletos ritos y valores religiosos que notablemente configuraban un entorno asfixiante en aquella época. Surge la inseguridad de los primeros escarceos sentimentales, de los primeros besos húmedos de la adolescencia. Brotan nuevas reflexiones morales y políticas que suscitaban las primeras lecturas de otras filosofías y otros pensadores. Y los primeros viajes casi aventureros lejos del pueblo que prologaban una visión de Europa bien distinta de nuestro país, en unos días donde el franquismo finalizaba para afrontar una nueva esperanza.

Uno de los grandes retos de nuestra protagonista es la esencial obligación de elegir entre diversas alternativas que tenemos cualquiera de nosotros/as en nuestras vidas. El deseo, cualquier deseo, se intenta materializar renunciando a opciones que quizá lamentemos haber descartado en el futuro. Y siempre será así, ineludiblemente. Aún sabiendo que nunca lo podremos satisfacer totalmente.

La vida universitaria para muchos de nosotros, en aquéllos años de la transición política, y en los siguientes que arrastraban esa misión global de cambiar las cosas ante la «rancia conservaduría española», aún sin saber bien hacia dónde íbamos, suponía conocer a otras personas con quienes congeniamos y nos enfrentamos, con quienes compartimos ideales, a quienes amamos y perdemos, y a quienes hacemos cómplices de parte de nuestros destinos, sin “renegar del todo de lo que hemos sido”.

A la joven Matilde le persigue constantemente la falta de seguridad en sí misma. Y, como a muchos de nosotros y nosotras sucedió en aquéllos años, comprobamos que «no era inteligente jugárselo todo a una sola carta». Había que estar «abierto a cualquier experiencia» nueva, conscientes de que si «amabas demasiado» el sufrimiento era inevitable. ¿Cómo dejar de lado radicalmente los asuntos y problemas sentimentales en un periodo en el que nos estamos formando como futuros profesionales? Pienso que no es posible. (Y, ahora como padres y madres adultos que somos ¿cómo enfocamos esta dialéctica con nuestros/as hijos/as?). Además, ¿es factible controlar nuestras ambiciones sin sentimientos de culpa? Quizá tampoco. ¿Tenemos cualquiera de nosotros la certeza de haber vivido más de un «amor sin reservas con toda claridad»? No es algo que sea habitual para nadie.

Esta serie de cuestiones -entre otras- atraviesan los avatares que vive nuestra protagonista, dentro de un contexto donde también aparece que “el deseo de una mujer no vale nada”, incluso en aquéllos entornos donde se suponía cierta progresía revolucionaria. Con el reto añadido de superar lo “rutinario y aburrido que supone vivir en pareja” sin aderezar la convivencia. O el otro reto de tener un hijo y su dependencia consecuente. En el juego de las relaciones amorosas emerge otro desafío: ¿es factible sostenerse uno/a mismo/a en «un amor que se considera inquebrantable», mientras «nuestra existencia se va adaptando a lo más inmediato y cotidiano»?

La ilusión, de infinita suerte, que tenemos cuando nos miramos a un espejo, es que no hay ningún «otro» que nos pueda calificar. Sin embargo, nuestro equilibrio individual, frente al potencial fracaso como sujetos, se tambalea cuando es otra persona real quien nos muestra un relato de nuestra vida (una recopilación de nuestras huellas en la historia) que nos atrapa en lo más profundo, de tal forma, que nos puede impulsar tanto a sentir su inmenso amor protector, así como a desear fervientemente distanciarnos de ella y liberarnos de la ingratitud de no corresponderle tal y como sería anhelado y correcto.

Estas ideas y sensaciones me han atraído especialmente al leer esta novela. Una narración inmersa en el manto de una música (***) bella y variada que en muchos/as de nosotros/as ha dejado durante nuestra juventud una huella indeleble en nuestros oídos, como las nubes interiores de nuestras vivencias juveniles. ¿Podemos vivir sin las músicas de nuestra juventud?

Finalmente, entre los diversos textos de otros autores que Ana Fructuoso nos regala en algunas entradas a los capítulos de su novela (Lucía Berlín, Henry Miller, Carmen Martí Gaite, Alice Munro, Bob Dylan), destacaría esta frase final de un párrafo de Julio Cortázar que, creo, expresa marcadamente su esencia, tanto por lo que sugiere, como por su carga poética:
«… y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua».


NOTAS:

(*) Este texto forma parte de la presentación de esta novela en la Librería La Montaña Mágica de Cartagena, celebrada el día 4 de octubre de 2018.
www.facebook.com/events/515886785539805/
(**) Todas las cursivas corresponden a texto literal extraído de esta novela.
(***) La banda sonora que acompaña a esta novela se puede escuchar en SPOTIFY:
open.spotify.com/playlist/4I4PuKGOdxAsyzuZZHaBnF

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