Artículos archivados en: familia

En la Calle del Duque de Cartagena

Daba un corto paso tras el otro con lentitud para asegurar que no pudiese resbalar en la cornisa del tejado de la casa vecina, debía andar un poco para llegar a una zona donde el descenso sobre las tejas era más cómodo y, al mismo tiempo, evitar caer hacia el otro lado donde una pared caía recta, cortada, como un muro de cinco plantas de altura, frente al patio de recreo de la Escuela Graduada de la Calle Gisbert, de donde surgía el griterío de los críos. Mi padre sujetaba a mi madre y le tapaba la boca, susurrándole: «no le digas nada ahora, no sea que pierda el equilibrio y se caiga». Y yo, pausadamente, iba tanteando las tejas deslizándome hasta el pequeño patio con algunos juguetes de los hijos de la vecina a quién llamábamos cariñosamente la «tata Isabel», en cuya casa en varias ocasiones nos quedábamos cuando mi madre debía salir. Tenía menos de cinco años y de aquellos pasos equilibristas sólo recuerdo mis ganas de jugar, junto a la seguridad y tranquilidad que tenía de llegar a mi destino. No sospechaba, como es lógico, lo aterrados que estaban mis padres, tanto en esos momentos que descubrieron mi pequeña aventura, como cuando imaginaban aquellas otras veces que habría realizado ese trayecto sin que se hubieran percatado.

Pues yo les conté que, en ocasiones, levantaba un poco la leve rejilla metálica que bordeaba nuestra terraza de la última planta de la Calle del Duque, nº 20, de Cartagena para saltar a los tejados colindantes y asomarme a las lumbreras de los patios de luces, que entonces me parecían luminosas construcciones impresionantes, para mirar abajo, y ver y escuchar a la gente. Ese era parte de mi espacio y de mi mundo infantil. Unas lumbreras que mi padre, el pintor Enrique Gabriel Navarro, plasmó con ternura en un óleo del que siempre lamentó haberse desprendido.

Calle del Duque. Cartagena

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Inversión del saber en la familia

Hace poco un destacado intelectual y pensador nos confesaba que aún siendo catedrático de una importante universidad, de ser profesor en varias universidades extranjeras, de ser director de una agencia europea y de un organismo internacional de reconocido prestigio y autor de una cantidad inmensa de libros y artículos de ciencias sociales y referencia habitual entre los analistas sociales, reconocía inexorablemente que cuando tenía algún problema de funcionamiento con su ordenador personal (cuando se le quedaba “colgado”) debía recurrir a su hija de 16 años para intentar resolver el asunto. Ante la cual, a pesar de su “prestigio social”, tiene el riesgo de no ser más que otro inútil con las tecnologías de la información.

De todos es sabido que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (denominadas TIC”, y mal llamadas “Nuevas Tecnologías” pues en realidad sus descubrimientos tienen mucho tiempo de vida), están provocando cambios en la sociedad con velocidades y efectos complicados de controlar. Es evidente que implican un mayor apoyo a la comunicación entre los humanos y que, a su vez, alteran modelos habituales de interacción social. Entre ellos, el papel tradicional padres/hijos se envuelve en una maraña de diversos encuadres, ante los que optan los mayores por asumir, bien con resignación, o bien por convicción de los efectos positivos esperados.

Como hemos podido recientemente comprobar en el Foro “Juventud, Familia y Sociedad de la Información” organizado por el INJUVE en Murcia[1], las TIC nos permiten nuevas interrelaciones familiares por medio del teléfono móvil. Nos ofrecen más autonomía con las tarjetas de crédito y la banca electrónica (somos el país europeo con mayor número de cajeros automáticos por habitante). Disponemos de otros mecanismos para el ocio con los Videojuegos y multimedia (somos el país de Europa con mayor número de equipos de DVD y del sistema llamado “Cine en casa”, por familia), o para captar partes de nuestras historias de familia con cámaras digitales que nos obligan a modificar los tradicionales soportes de la memoria familiar. Contamos con nuevas opciones para el consumo mediante la Telecompra doméstica. O bien alternativas ocupacionales con el Teletrabajo desde casa.

El profesor Javier Echeverría, del Instituto de Filosofía del CSIC, nos explica que el desarrollo de las Tecnologías de la información y la comunicación ha provocado la emergencia de lo que denomina “Tercer Entorno” (E3Espacio electrónico)[2] que se superpone al primer entorno (E1 physis – espacio físico) y al segundo entorno (E2 o pólis – relativo a la ciudad, a la comunidad tradicional) en los cuales se desenvuelve la humanidad. Este nuevo entorno supone no sólo un espacio social para la información y la comunicación sino, también, para la acción a distancia y en tiempo real, entre otros aspectos.

Y, según el profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Santiago Lorente [3], de la misma manera que nacen “Comunidades virtuales” que son grupos de gente, relativamente conocida entre ellos, que se comunica a través del espacio electrónico –principalmente Internet- para un fin concreto, aparece también la Familia virtual, gracias a la comunicación mediada por las TIC.
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