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Una idea de abrazo global para después del confinamiento

En este contexto de pandemia y de futuro incierto del que hablábamos sobre cómo vamos a sentir y experimentar los abrazos que ofrezcamos después del confinamiento para prevenir el contagio del COVID-19, escrito desde un punto de vista más psicológico y centrado en la reflexión respecto a los estilos de nuestras futuras relaciones y contactos sociales, considero que hay otra cuestión fundamental como enorme reto al conjunto de la humanidad.

De un lado, nos sentimos alarmados por el hecho de que este año 2020 vayan a morir aproximadamente más de 10.000 personas de media en cada país europeo (si logramos aplanar la famosa curva, y siendo muy optimistas). Esta alarma es consecuencia del miedo que nos provoca el que los vectores de contagios posibles se encuentran entre nosotros, no tenemos aún vacunas, y no podemos afrontarlo en la reaparición de brotes sino con medidas de aislamiento, ni apoyándonos en el recurso simple y estúpido de que es un mal que proviene de fuera.

Por otro lado, la cantidad de recursos económicos que va a requerir la respuesta al parón productivo después del periodo del estado de alarma será descomunal, y deberemos trazar de cara al futuro mecanismos políticos y una nueva economía que consoliden una redistribución racional de la riqueza como base de recuperación de un estado de bienestar social que sea suficiente para la mayoría, para quienes perderán su empleo o su empresa, y los que continuarán en situación de precariado o de paro anterior. Una medida como la Renta Básica constituye un recurso clave en este panorama. A ello se une, ineludiblemente, la opción clara por el Decrecimiento frente a una productividad y un consumismo sin límites que chocan con el mantenimiento de nuestro ecosistema global.

Pero ¿cómo pensar estos escenarios en un ámbito territorial más amplio que el de nuestros respectivos países o ciudades después de esta crisis? ¿La incertidumbre y el miedo ante lo que nos pueda pasar en el futuro nos va a permitir abrir nuestras mentes hacia lo comunitario y hacia un contexto de actuación mundial? ¿Podemos pensar la resolución de esta posible “Hambre de piel” a la que nos enfrentemos, en otros ámbitos más allá de nuestras propias narices? Nuestra vivencia del hambre de contacto social ¿en qué se traduce más allá de nuestros lazos sociales personales de proximidad?

Por las escaleras de A Mouraria - Lisboa

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Abrazos gratuitos frente al estupor

“Lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno.” Michel Foucault

En agosto de 2004 nos asombraba la ternura y la rotundidad de Aurora Sánchez, periodista y escritora que sufrió el asesinato de un hijo durante la dictadura argentina, cuando expresaba que «dar un abrazo a quien lo necesita ya es contribuir con los derechos humanos», al mismo tiempo que mostraba su perplejidad hacia quienes pretenden echar una mano al necesitado sin tener en cuenta sus carencias más graves: «tras un huracán no puedes proponer ayuda psicológica a quien se ha quedado sin casa, sin medios para comer. Primero resuelve sus necesidades básicas y luego ocúpate del apoyo psicológico», nos decía. Ante situaciones de extrema gravedad como son el hambre, la injusticia de las guerras o la explotación infantil, por nombrar algunas, tendemos a resaltar los componentes económicos, políticos, sociales y ambientales que las provocan y, de esta forma, intentamos no perder el punto de mira fundamental hacia donde dirigir nuestra denuncia y nuestra acción como ciudadanos comprometidos. Por eso, una aseveración como la anterior respecto a la importancia de dar un abrazo, puede ser chocante, o despertar insólitamente el lado humanitario que todos poseemos. Más aún, en épocas como las actuales en donde pasamos de la conmoción a conductas de inhibición, bien sea ante catástrofes naturales como terremotos o volcanes de efectos muy dispares entre sí, bien ante situaciones de crisis económica que nos ubica en gran medida en una posición de impotencia, si no de rabia.

No debemos diluir las reacciones de la población y la exigencia de responsabilidades a quienes tienen el poder, la autoridad y el encargo de la sociedad de intervenir en consecuencia para resolver esta clase de problemas. Pero, en pocas ocasiones pensamos que la complejidad y la velocidad de nuestra sociedad actual provoca que se acentúen, entre otras, la falta de contacto humano y las diferencias entre los tipos de organización de los espacios propios que nos llevan a veces a mantener excesivas distancias, llegando al estupor hacia los otros que nos rodean o hacia la abrumadora cantidad de acontecimientos sociales del entorno. Edward Hall estudió las relaciones espaciales del hombre y afirmaba que escogemos una determinada distancia o espacio para relacionarnos con los otros, de acuerdo al tipo de transacción que se lleva a cabo, de acuerdo a cómo nos sentimos o de acuerdo a lo que se está haciendo. Entre los tipos de organización del espacio existe el denominado espacio informal que se refiere a las distancias que mantiene el hombre con los demás, en su mayoría son distancias tomadas de manera inconsciente. Entre ellas encontramos  la distancia íntima que permite percibir el calor, respiración y olor del otro, sería la distancia del amor y de la lucha; la distancia personal que corresponde a la de las personas que no tienen contacto físico entre si,  que nos motiva una conducta de evitación, al retroceder, al volvernos o desviar la mirada cuando sentimos que nuestro espacio personal ha sido violado. Y el espacio socia referido al límite a partir del cual la otra persona no se siente alterada por nuestra presencia; es la distancia de las conversaciones sobre asuntos no personales, de entrevistas en oficinas, en las aulas, etc. La distancia social marca el límite de poder que ejercemos sobre los demás, y, la distancia pública que está fuera de la zona participativa en la cual el sujeto está directamente afectado, corresponde habitualmente a los varios metros que rodean a una autoridad en su aparición pública. Pues bien, este autor señalaba que la interacción entre las cuatro distancias es la dimensión oculta de la sociedad. El espacio tiene un significado psicológico y social, al igual que el concepto de identidad espacial asociado a la participación de las personas en la generación e integración dinámica con los espacios en que viven.

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