Artículos archivados en: Arte

Huellas del salto a la frontera


“La alternativa a saltar la verja de Melilla es la muerte”

Ballo, 25 años, de Malí.

Creamos límites buscando diferenciarnos los unos de los otros. Aceptamos que somos diferentes pero nos obstinamos en agrandar descaradamente algunas diferencias con fronteras que se convierten en el último obstáculo para elegir o no la muerte. La frontera no podemos anularla como si fuera un “no lugar”, constituye un espacio violento de relaciones humanas que marca nuestros límites del miedo a lo imprevisible que pueda suscitar la presencia del Otro en nuestro territorio. Forma parte ineludible de la identidad de nuestro territorio y del límite que imponemos a nuestros conocidos extranjeros atemorizados por lo imprevisible, pues, como nos recuerda Z. Bauman, los que denominados extranjeros lo son porque les conocemos su motivación y sus ansias de integrarse en nuestras deseables comunidades, no constituyen algo indiferente a nuestras emociones en nuestros paseos por la ciudad, los tememos hasta el punto de que los muros no solo son físicamente infranqueables, también nuestras mentes. La dimensión simbólica de la frontera opera para darle sentido a la experiencia en nuestras vidas de lo propio y lo ajeno.

Pero crecen las grietas en los muros y límites de los territorios, grietas heredadas del hierro retorcido por manos y brazos agrietados, a su vez, con sus huellas y cicatrices de heridas, que no asumimos por considerarlos cuerpos desechables. El muro que pretenden superar es una expresión bruta de perversión de la frontera. La frontera, sus muros, su verja, se transmuta en monumento atroz a la piel del migrante, marcando una estúpida diferencia irreconciliable con el otro. Esta serie de fotografías, que nos sugiere acompañar con nuestro propio movimiento de un extremo a otro, sea cual sea la dirección que elijamos, revelan los detalles del paisaje de lo humanamente infranqueable y el linde de lo moralmente admisible.

MELILLA-Frontera1 24Frames - Obra de Luis Marino

MELILLA-Frontera1 24Frames – Obra de Luis Marino

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La corteza plástica de Susaña

“Las fotografías son tal vez las más misteriosas de todas las cosas que conforman y densifican el entorno que reconocemos como moderno. Las fotografías son, en verdad, experiencia capturada, y la cámara es el arma ideal de la conciencia en su modalidad adquisitiva.”
Susan Sontag (cit. por J. Berger) [1]

La singularidad de nuestros paisajes interiores puede manifestarse hacia el exterior de múltiples y curiosas maneras. A veces los narramos con mayor o menor acierto al intentar transmitirlos a quienes nos rodean en función de nuestra habilidad con el lenguaje, en otras ocasiones, según nuestra capacidad creativa y nuestro dominio de las técnicas expresivas, logramos que se muestren con un drama o una gracia especial. Pero, sólo quienes han trabajado a fondo su particular proceso creador, son quienes logran emocionarnos con su visión.

Y de eso trata la maravillosa fotografía de Luis Marino, la cual nos arranca una diversidad de emociones provocando que descubramos partes de nuestros indescifrables paisajes interiores a raíz de la investigación de los paisajes de sus propios recuerdos de infancia, que se proyectan en los reflejos de los envejecidos plásticos de invernaderos. A través de su obra “Susaña. Paisaje detenido”  intenta recuperar, según sus propias palabras, un misterioso paraje de la costa de Mazarrón, “su territorio personal plagado de leyendas e hitos arqueológicos en el que mi abuelo tenía un trozo de tierra donde se cultivaban tomates”.

Luis Marino explicando su obra Susaña en Murrala Bizantina

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La tregua como un viaje interior

“Estoy seguro de que tanto en el corazón del vacío como en el corazón de los hombres hay fuegos ardiendo.”
YVES KLEIN

Hacía tiempo que una exposición no me provocaba el reto de verme inmerso en la confrontación de un viaje interior de inusual recorrido. Sensaciones que no solemos encontrar en nuestros hábitos cotidianos entre los que articulamos mecanismos para evitar escenarios que nos sorprendan y puedan alterar la misión de nuestro trabajo, de nuestra familia y amigos, de nuestro entorno.

Casi siempre, cualquier obra artística que se precie de serla nos incita alguna clase de emociones e ideas de signo diverso, y a veces contradictorios, pero no todas poseen la facultad de impulsarnos hacia trayectorias donde lo íntimo y el espacio donde se desenvuelve la obra y nuestros cuerpos consiguen una sintonía única. Y esas sensaciones las he podido vivir y disfrutar con la insólita obra “La Tregua” de Ángel Haro en La Tabacalera, Espacio de Promoción de Arte. Con la oportunidad añadida de visitarla en un momento inicial, sin haber leído nada sobre ella, ni los contenidos de su interesante catálogo, ni lo publicado en los medios. Sabiendo, nada más, que se trataba de un encargo al artista para invadir y crear en el gran vacío del espacio laberíntico de La Tabacalera. Y volver a recorrerla, a continuación, con el propio autor escuchando sus motivaciones creativas, sus retos, sus intenciones con el espectador, su visión global y compleja de las vivencias humanas y su representación simbólica, para que sean intuidas, proyectadas o revividas en lo posible por quienes se aventuren a transitar los sucesivos relatos que incorpora en este trayecto.

Era inevitable, al conocer el título de esta obra, pensar en ambientes donde apareciese la hostilidad de los contrarios y su cese, los momentos de confrontación y de paz. Lo que no esperaba era iniciar la OBERTURA con una suerte de naufragio donde los restos de un artesanal y nostálgico barco atunero de Cabo de Palos nos muestran de forma majestuosa sus entrañas, con la huella de la sangre de los peces que almacenó. Un naufragio que puede simbolizar el fin de nuestros proyectos y esperanzas y, al mismo tiempo, el acontecimiento radical para comenzar una nueva aventura. En todo momento en el que vamos rodeando y tocando pieza a pieza los trozos en los que está seccionado este barco, nos sugiere tanto la idea de vulnerabilidad de nuestras vidas, como de recomposición de su conjunto para volver a navegar a pesar de la oscuridad.

OBERTURA - LA TREGUA - ANGEL HARO. Foto: Gabriel Navarro

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Más allá del diálogo de imágenes entre el mago y el cirujano

«El arte no reproduce aquello que es visible sino que hace visible aquello que no siempre lo es»
Paul Klee

¿Se imaginan una “jam session” de músicos de jazz o de otro género musical pero, en vez de con instrumentos musicales, fuera desarrollada mediante la obra de artistas plásticos y gráficos?

Una jam session es un encuentro informal de músicos que interpretan para su propio disfrute música improvisada, no escrita ni ensayada previamente. Y, en general, su estructura responde a lo siguiente: se trata de varios músicos que, habitualmente, no tocan juntos; seleccionan temas o estructuras armónicas standards o conocidas por todos los participantes; desarrollan amplias improvisaciones sobre las bases melódicas aportadas por los temas seleccionados; utilizan arreglos musicales simples sobre un fondo espontáneo. Y generan un original y atractivo diálogo entre instrumentos.

La primera impresión que provocan las fotografías de José Carlos Ñíguez y los cuadros de Carretero en la exposición MULTIVERSO, confrontados unos frente a otras, es que se trata de una suerte virtuosa de jam session plástica donde las imágenes se disuelven con estilo armonioso en múltiples e inspiradas improvisaciones, convirtiendo las melodías originales en una trama sucesiva de temas que finalizan, forzosamente, por los límites del espacio donde se exhiben.

 Carretero: "Lo Oculto" - Ñiguez: "Mas allá"

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La sustancia de una ilusión: FOLITRAQUE

“Para dominar lo que está afuera es preciso hacer cosas, no solo pensar o desear, y hacer cosas lleva tiempo. Jugar es hacer.”
D. W. Winnicott

Cuando recuperamos partes de nuestra infancia, de nuestras ilusiones ociosas de la niñez, mediante la recreación de objetos y la reconstrucción de toda clase de cachivaches e ingenios, sorteamos el matiz maduro y condenadamente adulto que de su misma rememoración efectuamos mediante la escritura.

Aquí emerge el reto de un gran artista: mostrar los avatares de su imaginación creadora, ya larvada en su niñez, y reiniciada en su observación de la inventiva lúdica de los niños de tierras lejanas que reciclan y recrean, a partir de materiales y supuestas piezas inútiles, sus propias ideas de la diversión y del aprendizaje del mundo.

Ángel Haro nos enfrenta a un conjunto de artilugios y cacharros dignos de toda una vida de juegos infinitos en su exposición “FOLITRAQUE (Los juguetes del fin del mundo)” que se ofrece en la sede de la Fundación Pedro Cano de Blanca. El artista nos confiesa que «Un detonante ha sido el ingenio de la infancia en África a la hora de crear sus propios juguetes,…”, pero más allá del estímulo visual de sus viajes y del contacto con esas gentes, emerge con fuerza la creatividad germinada en su propia infancia.

Folitraque. Obra de Angel Haro. Foto Gabriel Navarro

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