La juventud como disturbio
por: Gabriel Navarro

Algo que confunde nuestra mirada sobre lo que opinan los demás reside en la dificultad de delimitar y defender periódicamente la libertad de expresión ante el cúmulo de informaciones que nos saturan la mente. Es uno de los principios fundamentales de los Derechos Humanos, pero su calificación y reconocimiento por la comunidad presenta ciertas grietas para concretar hoy, ante una sociedad cambiante, sus límites frente a otros posibles delitos. No me gustan las canciones de Pablo Hasél, me repugnan algunas de sus letras y sus declaraciones, al igual que otras proclamaciones peligrosas de otra clase de personajes que, inexplicablemente, nadie ni ninguna entidad se atreve a denunciar ante la justicia. Y ello no evita que defienda la libertad de expresión, como muchos jóvenes lo han expresado en protestas en diversas localidades del país. Unas manifestaciones que inicialmente eran pacíficas y que, al final de sus actos, un grupo de violentos acaban provocando serios disturbios y destrozos.

Algunos medios de comunicación y representantes públicos han diferenciado estas dos clases de comportamientos sociales, donde aparecen jóvenes sin una carga ideológica vinculada a la defensa de la libertad de expresión y con perfil diverso que se mezclan con grupos antisistema con pasado violento. Pero también se transmite la imagen de que la juventud es quien ostenta ese papel de «violentos antisistema». Este estigma facilita su identificación e imprime cierta claridad y, al mismo tiempo, rechazo e indiferencia para gran parte de la sociedad. También se utilizaron estas calificaciones en algunos momentos de 2020 cuando surgieron disturbios frente a las restricciones por la pandemia informando que se trataba solo de una minoría de jóvenes violentos.

En muy pocas ocasiones se acompaña esa visión sobre determinado grupo de jóvenes con las posibles causas de esta conducta inadmisible. En 2005 fueron noticia mundial los disturbios y la violencia en los barrios de la periferia de París y de otras regiones francesas, que se iniciaron con la muerte de dos adolescentes de ascendencia africana. En 2011 la mayoría de quienes participaron en los graves disturbios de agosto en Inglaterra eran jóvenes con pocos recursos económicos y un bajo nivel de formación. Uno de los jóvenes entrevistados por la BBC expresaba:«La juventud ha sido ignorada. Quiero que mi voz se oiga en la BBC y eso no pasa. Voy a causar algo más de daño. Queremos reconocimiento». En aquéllos años nos preguntábamos sobre lo que impedía que en nuestro país no se generase esa clase de disturbios similares a ambos acontecimientos, cuando el panorama que vivían los jóvenes más desfavorecidos era bastante parecido, aunque no hubiera un detonante preciso.

Esos disturbios lamentables fueron avisados de su potencialidad por varios investigadores sociales años antes, cuando declaraban que los jóvenes cada día se sienten excluidos y sus necesidades no consiguen la debida atención por parte de las instituciones y los representantes públicos, que el malestar derivado de estas situaciones nunca había sido tan profundo. Lo que se traduce en una pérdida temeraria de confianza en los valores de la democracia.

Revueltas importantes han surgido desde los años 80 del siglo pasado, originadas en las periferias de las grandes ciudades donde las poblaciones más vulnerables sufren las consecuencias de la pobreza, la exclusión y la precariedad. Ahora el problema se agrava en el sentido de que la condición social de encontrarse en la «periferia» ya no sucede exclusivamente en el lugar físico de pertenencia, sino en un espacio social periférico que se vivencia por parte de muchos jóvenes, frente al espacio social central que ocupan en la sociedad los adultos y aquéllos jóvenes pertenecientes a clases acomodadas y con gran capital social, habitándolo tanto desde el punto de vista simbólico y cultural, como en la existencia (y subsistencia) real cotidiana.

Lo más asombroso del impacto de estos acontecimientos pasados reside en que los poderes públicos no se hicieron eco de lo que se anunciaba de antemano sobre la condición social de los jóvenes más vulnerables y las posibles acciones violentas en el ámbito urbano. Se había denunciado en muchas ocasiones la escasez de recursos, la demora de las intervenciones sociales y de las esperanzadoras políticas económicas, las dificultades de los organismos encargados de su gestión para anticipar y, después, resolver los obstáculos y las causas que influyen en su malestar y las necesidades vitales que afectan a este sector de la población en su proceso de inserción, etc.

Se ha afirmado en reiteradas ocasiones la exigencia de desarrollar políticas de empleo con nuevos nichos de trabajo para los jóvenes evitando su precarización y unas estrategias educativas más adecuadas a nuestra época. Además, se ha destacado el formidable papel que cumple para la inserción social de los jóvenes disponer de infraestructuras que les posibiliten espacios de encuentro, lugares que les sirvan para un ocio alternativo, al mismo tiempo que les facilite escenarios (físicos o virtuales) de deliberación y de toma de decisiones que, en suma, constituyen unos recursos clave para su educación no formal en democracia.

Espacios que deberían fomentar los poderes públicos (en vez de recortarlos o suprimirlos como ha sucedido en los últimos años) gestionados por profesionales, técnicos expertos y especializados en materia de servicios de Juventud, que cumplan eficazmente su labor como dinamizadores de las iniciativas de los jóvenes, de escucha de sus propuestas y emociones, tolerando la disparidad de opiniones. Y con el conocimiento para posibilitar a los jóvenes protagonismo en sus actividades y sus expresiones, en vez de concebirlos esencialmente como consumidores de eventos.

Hace años analistas de políticas públicas observaron que en Europa había dos grandes clases de países, aquéllos que realizaban políticas entendiendo a la juventud como problema o aquéllos que consideraban a la juventud como recurso. Nuestro examen de las revueltas de estos días pasados debería obligarnos a reflexionar sobre las causas y las alternativas a estos hechos deplorables, pensar en qué espacio se les ofrece para ejercer la ciudadanía y no caer en la simpleza de considerar punitivamente a la juventud como disturbio.

NOTA: Artículo publicado originalmente en el diario La Opinión de Murcia el 27/2/2021.
www.laopiniondemurcia.es/opinion/2021/02/27/juventud-disturbio-35751248.html


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