Entre murciélagos
por: Gabriel Navarro

Cada vez son más los casos de mujeres jóvenes que llegan a los centros de la mujer y a los programas de las asociaciones para ser atendidas por violencia de género, lo observamos en el trabajo con jóvenes y nos lo confirma Mª Jesús Girona, presidenta de la Federación de Mujeres Jóvenes, asegurando que las conductas machistas están muy presentes en los adolescentes, a quienes les cuesta identificar estos comportamientos como violencia.

La violencia de género entre los jóvenes se ha transformado, hay conductas agresivas pero predominan las de carácter psicológico: mediante seguimientos, acoso, control sobre dónde está la persona, o la ropa o el maquillaje y si habla con alguien. Aspectos vinculados a los celos, que van en aumento. Y los dispositivos tecnológicos y las redes sociales se utilizan como artefactos de control, manipulación y vigilancia. “Ya hay hasta un dispositivo en los móviles que te permite saber dónde está tu pareja en cada momento”, señala Girona.

Algo que no entienden fácilmente los jóvenes es que antes de la violencia física hay otra psicológica, y que cuesta erradicarla por su dificultad de identificarla. Las adolescentes hacen suyo el modelo de amor romántico que se vende en la sociedad: el hombre es dominante y la mujer sumisa. Como expresa el antropólogo Ashley Montagu [i] “al amor se le ha atribuido una significación ritual, pero casi nunca ha expresado su significado real como compromiso en el sentido de algo que se practica, de algo que es parte de nuestro comportamiento diario”.

Acceso a mina en Peñas Blancas (foto: Gabriel Navarro)


Esta clase de violencia es una conducta aprendida a partir de modelos familiares y sociales constituyendo un recurso para resolver conflictos. En el aprendizaje de este componente tienen una especial influencia los valores observados en las personas utilizados durante la adolescencia como modelo de referencia para construir la identidad.[ii] Una forma de ayudar a los jóvenes a articular nuevas habilidades y alternativas sociales para la resolución de estos conflictos propios de la adolescencia es demostrarles que la violencia no es simplemente instintiva, como indicaba Montagu, “la violencia no es innata en el ser humano, se aprende”.

Sin embargo aún se mantiene en nuestra cultura la llamada ‘dominación simbólica’, asumida inconscientemente, que se ha perpetuado de generación en generación. Como dice Victoria Sendón [iii], es una violencia estructural, estamos inmersos en un sistema de patriarcado que está presente en todos los estamentos sociales. Estos valores fomentan que, a través de los procesos de socialización, se constituyan en modelo de referencia dentro de las relaciones afectivas.

Hay diversos estudios de historiadores que ilustran como se ha llegado a consolidar el patriarcado desde hace miles de años. Entre ellos, nos encontramos con singulares observaciones como las de Norbert Schindler [iv], quien explica como en el siglo XVIII una dimensión ritual que revela el carácter grupal de la cultura juvenil masculina era su destacado papel en la configuración del carnaval, y que la sociedad les permitía administrar como válvula de escape de sus confusas conductas en aquéllos tiempos convulsos. Articulaban sus actos mediante ostentosas “sociedades”  como la “Excelentísima sociedad Kilbi” del católico cantón suizo de Schwyz con su poderosísimo “juez de mujeres” que trataban de parodiar el orden imperante. Incluyendo, además, funciones de ordenación social de carácter policíaco dirigidas a los adultos y a sus faltas, lo que ampliaba su papel de vigilantes de las muchachas solteras.

El artículo 10 de la sociedad Kilbi (que data de comienzos del siglo XIX)  nos estremece con lo siguiente: “Las muchachas habrán de recogerse puntualmente a las nueve, y si alguna se encontrase fuera de su casa después de esa hora, habrá de contarse entre los murciélagos”.

No tenemos nada en contra de los murciélagos que en China son considerados símbolo de felicidad, y de los que sabemos procuran beneficios a los ecosistemas donde residen. Pero en nuestra cultura occidental, entre sus simbologías, predominan las concepciones negativas y míticas, como vampiros, y otras supersticiones cuyo origen parece que proviene de la Santa Inquisición, entre otras fuentes, que relacionaba a los murciélagos con las prácticas de brujería. Esta consideración cultural mestiza de los murciélagos como seres dañinos para las personas y como atributo de la brujería y de las “malas mujeres”, adopta en el articulado de la sociedad Kilbi un dramático papel dominador sobre las mujeres. Ese espíritu e instrucción social continuamos percibiéndolo aún hoy en nuestra sociedad, entre otros esquemas de pensamiento.

En investigaciones psicológicas se observa que la educación y los modelos familiares igualitarios contribuyen a minimizar el sexismo y la tolerancia hacia la violencia contra las mujeres[v], lo que refuerza la necesidad de desarrollar planes de sensibilización dirigidos al conjunto de la población. Aparte, hay puntuales experiencias e iniciativas interesantes en las que se anima a los jóvenes a abordar estas problemáticas en contextos de su vida cotidiana, ya sea mediante talleres y grupos de debate, mediante la música o a través de medios audiovisuales, con la intención de estimular diálogos entre ellos/as de manera que elaboren nuevas formas de pensar y de entender esta clase de conductas violentas, a veces imperceptibles, y capacitarles para su afrontamiento.

Pero la raíz de estos comportamientos reside tanto en la educación recibida en la infancia y en la escuela, como en los discursos que continúan siendo dominantes en muchos medios de comunicación y que transmiten con sus series y su telebasura una imagen desafortunada de los modelos de juventud y de las relaciones de pareja a seguir.

Existen algunos programas específicos dirigidos a jóvenes realizados por varios organismos de juventud y materiales educativos, pero sería deseable garantizar una intervención regular y constante en los institutos de secundaria, mediante la participación de expertos. Hecho que no sucede y que, añadido a la lamentable desaparición de la asignatura de “Educación para la ciudadanía”, pensamos que difícilmente se avanzará adecuadamente en favor de relaciones de igualdad en la pareja, en la tolerancia y el respeto.

Ante el reto de ser más civilizados, nos recuerda Montagu que “la humanidad no es algo que se hereda, sino que nuestra verdadera herencia reside en nuestra capacidad para hacernos y rehacernos a nosotros mismos”. Podremos valorar la calidad de esta herencia, entre otras formas, en la medida que ninguna mujer, por ejercer su libertad, pueda ser condenada socialmente a contarse entre murciélagos.

(NOTA: Artículo publicado –con algunas palabras menos- en Diario La Opinión de Murcia el día 26/10/2013)

REFERENCIAS:

[i] Montagu, Ashley (1983). El mito de la violencia humana. Publicado en diario El País el 14 de agosto de 1983

[ii] Silva Diveiro, I. (coord.) (2007).  La adolescencia y su interrelación con el entorno. Ed. INJUVE

[iii] Sendón de León, Victoria (2001). Globalización y violencia contra las mujeres. Ponencia presentada en la II Jornada de la RED DE CIUDADES CONTRA LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES /Fuenlabrada, España, 29-30 de enero 2001

[iv] Schindler, Norbert (1996). Los guardianes del desorden. Rituales de la cultura juvenil en los albores de la era moderna. En: Levi, G. y Schmitt, J.C. Historia de los jóvenes (I. De la antigüedad a la edad moderna). Ed. Taurus (ed. original 1995 Ed. Seuil)

[v] V. Pérez, E. Bosch Fiol, Mª C. Ramis Palmer y C. Navarro Guzmán. (2007)  Las creencias y actitudes sobre la violencia contra las mujeres en la pareja: determinantes sociodemográficos, familiares y formativos. En INFOCOP: www.infocop.es/view_article.asp?id=1213

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