Inversión del saber en la familia
por: Gabriel Navarro

Hace poco un destacado intelectual y pensador nos confesaba que aún siendo catedrático de una importante universidad, de ser profesor en varias universidades extranjeras, de ser director de una agencia europea y de un organismo internacional de reconocido prestigio y autor de una cantidad inmensa de libros y artículos de ciencias sociales y referencia habitual entre los analistas sociales, reconocía inexorablemente que cuando tenía algún problema de funcionamiento con su ordenador personal (cuando se le quedaba “colgado”) debía recurrir a su hija de 16 años para intentar resolver el asunto. Ante la cual, a pesar de su “prestigio social”, tiene el riesgo de no ser más que otro inútil con las tecnologías de la información.

De todos es sabido que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (denominadas TIC”, y mal llamadas “Nuevas Tecnologías” pues en realidad sus descubrimientos tienen mucho tiempo de vida), están provocando cambios en la sociedad con velocidades y efectos complicados de controlar. Es evidente que implican un mayor apoyo a la comunicación entre los humanos y que, a su vez, alteran modelos habituales de interacción social. Entre ellos, el papel tradicional padres/hijos se envuelve en una maraña de diversos encuadres, ante los que optan los mayores por asumir, bien con resignación, o bien por convicción de los efectos positivos esperados.

Como hemos podido recientemente comprobar en el Foro “Juventud, Familia y Sociedad de la Información” organizado por el INJUVE en Murcia[1], las TIC nos permiten nuevas interrelaciones familiares por medio del teléfono móvil. Nos ofrecen más autonomía con las tarjetas de crédito y la banca electrónica (somos el país europeo con mayor número de cajeros automáticos por habitante). Disponemos de otros mecanismos para el ocio con los Videojuegos y multimedia (somos el país de Europa con mayor número de equipos de DVD y del sistema llamado “Cine en casa”, por familia), o para captar partes de nuestras historias de familia con cámaras digitales que nos obligan a modificar los tradicionales soportes de la memoria familiar. Contamos con nuevas opciones para el consumo mediante la Telecompra doméstica. O bien alternativas ocupacionales con el Teletrabajo desde casa.

El profesor Javier Echeverría, del Instituto de Filosofía del CSIC, nos explica que el desarrollo de las Tecnologías de la información y la comunicación ha provocado la emergencia de lo que denomina “Tercer Entorno” (E3Espacio electrónico)[2] que se superpone al primer entorno (E1 physis – espacio físico) y al segundo entorno (E2 o pólis – relativo a la ciudad, a la comunidad tradicional) en los cuales se desenvuelve la humanidad. Este nuevo entorno supone no sólo un espacio social para la información y la comunicación sino, también, para la acción a distancia y en tiempo real, entre otros aspectos.

Y, según el profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Santiago Lorente [3], de la misma manera que nacen “Comunidades virtuales” que son grupos de gente, relativamente conocida entre ellos, que se comunica a través del espacio electrónico –principalmente Internet- para un fin concreto, aparece también la Familia virtual, gracias a la comunicación mediada por las TIC.

El teléfono fijo, el móvil, los servicios de Internet como correo electrónico, webcams, etc.,… posibilitan la complementariedad de interrelaciones en la familia urbana pasando de los espacios físicos, cara a cara, a otros espacios electrónicos por medio de tecnologías que, además de facilitar la comunicación interpersonal, nos ofrecen otros procesos de socialización.[4]

Nos encontramos, así pues, con una “familia virtual” cada vez más visible en los centros urbanos en la que no sería de extrañar la simultaneidad de usos de estas tecnologías por todos sus miembros: La madre encargando la compra con su móvil, el padre visitando páginas de deportes en Internet, la hija contestando los E-mail o conversando con una amiga mediante la visualización en pantalla de la imagen de esta a través de una cámara conectada en el ordenador, el hijo jugando con otros amigos al videojuego de moda a través de la banda ancha y con un casco especial para las escenas de batalla virtuales, y el abuelo conversando por teléfono fijo con otros familiares que viven lejos a los que confiesa que, últimamente, no le hacen mucho caso en su propia familia.

¿Afectarán el uso generalizado de las TIC a la cohesión de la familia? Esta pregunta, entre otras, se expuso en los debates del Foro del INJUVE y no es fácil aventurar con certeza los rumbos que pueden tomar los diferentes modelos de familia actuales. Quizá se trate sobretodo de aprovechar los beneficios de las TIC en su uso individualizado como oportunidades para que cada miembro de la familia participe abiertamente en el intercambio de sus experiencias y sus aprendizajes.

Inevitables e impensables hace dos décadas, estos efectos de las TIC nos provocan en unos casos bienestar y, por otra parte, confusión y malestar ante su descontrol o la incógnita de sus riesgos. Y, como plantea Echevarría, se requiere una nueva formación familiar para el tercer entorno (E3) que sea reglada para los jóvenes, de reciclaje para los adultos y una iniciación amigable para los ancianos.

El dominio y habilidad de los más jóvenes con las TIC es manifiesto. Potencian sus relaciones de amistad con los teléfonos móviles o los Chats, se apoyan mutuamente con el intercambio de ficheros o de ayudas a través del correo electrónico, o el acceso a páginas webs de debates o de noticias de su interés y crean nuevos espacios virtuales de aprendizaje con amigos de su edad. Jóvenes que emergen, en su mayoría, como eficientes autodidactas de las tecnologías activas – aunque sea mediante la práctica de ensayo/error – y de los que a duras penas conseguimos que se lean en su totalidad los manuales de instrucciones de los videojuegos. La gran mayoría de adultos y padres se muestran reticentes a introducirse en estos nuevos senderos tecnológicos por sus discapacidades en el manejo de las TIC, no pueden evitar la herencia de su propio contexto educativo. Y nuestros abuelos residen en una abrumadora posición pasiva al respecto.

Por primera vez en nuestra sociedad aparece una Inversión del Saber en el seno de la familia. Es decir, históricamente se transmitían los conocimientos necesarios para la subsistencia de padres a hijos. Y aunque la evolución de los procesos formativos, como consecuencia del desarrollo y bienestar social, son cada vez más complejos y aportan un aumento notable de conocimientos y técnica entre una generación y su predecesora, estas diferencias de educación en habilidades y conocimientos no alteraban esencialmente el acto de “transmisión del saber” habitual en la familia. Los padres podían continuar desempeñando su vida, independientemente del contexto que sus hijos configuraban con nuevas facultades profesionales y nuevos recursos y bienes.

En los próximos quince o veinte años (hasta que los jóvenes de ahora empiecen a concebir sus propios hijos) nos encontraremos con el paradigma de que las familias, si no quieren verse distanciadas de los beneficios y oportunidades que ofrecen las TIC, tendrán que efectuar una inmersión en su manejo. Y los hijos adoptarán (ya lo hacen) un papel destacado para facilitar su utilización. Surge un nuevo rol de los hijos: son jóvenes con conocimientos o con la suficiente habilidad para instruir a sus padres quienes tienen, a su vez, que asumir un nuevo papel de aprendices permanentes de las TIC. Padres aprendices que protagonizan, también, diversas situaciones paradójicas como, por ejemplo, en la contradicción que manifiestan entre la obsesión por controlar los espacios físicos que utilizan sus hijos/as y no por conocer los “Espacios Virtuales” que visitan a través de los videojuegos e Internet.

Entre estos nuevos papeles a representar en el seno de la familia no nos asombrará que junto a un suceso habitual de configuración de la identidad del joven en su aprendizaje e interacción con sus mayores y abuelos, pueden emerger otros escenarios, donde el joven enseñe a aquéllos a manejar Internet y, por ejemplo, a buscar información o a crear una página web sobre sus antiguos compañeros de clase en su infancia. Hecho que, sin duda, posee connotaciones sensibles a la identidad personal de estos abuelos. Encontrando, así pues, una nueva oportunidad de interacción y cooperación intergeneracional.

Murcia, 12 de octubre de 2003

NOTAS:

[1] FORO INJUVE: «JUVENTUD, FAMILIA Y SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN» (Coordinado por Santiago Lorente)  Murcia, 9 y 10 de octubre de 2003. Centro Social Universitario. Campus de Espinardo. Universidad de Murcia.

[2] Echevarría, Javier: “Los Señores del Aire: Telépolis y el Tercer Entorno” (Barcelona, Destino, 1999). Una reseña de este libro se puede consultar en: www.euskomedia.org/PDFAnlt/riev/45/45685687.pdf

[3] Santiago Lorente Arenas, era Catedrático de Sociología e Ingeniería de la Universidad Politécnica de Madrid. Ha sido una de las personas que más me han influido en mi desarrollo profesional y de investigación, al igual que entre muchos otros técnicos de servicios de juventud que nos formamos con él en los años 80 y 90, introduciéndonos en el conocimiento y la aplicación de las TIC en nuestra labor con los jóvenes. Lamentablemente el profesor Santiago Lorente falleció en diciembre de 2005: www.ucm.es/info/secom/Actualidad/files/0483b13d7ad6cf273f3fea5a1357a045-9.html

[4] Los contenidos que se trataron en este Foro se incluyeron en una publicación posterior:
Santiago Lorente, Francisco Bernete y Diego Becerril (2004): «Jóvenes, relaciones familiares y tecnología de la información y de las comunicaciones» Edición Injuve y en línea. www.injuve.es/contenidos.item.action?id=2062358036&menuId=572069434

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